En la vorágine del día a día, es fácil olvidar la importancia de detenerse, de buscar un momento solo para nosotros. Me han dicho que el estrés es como una sombra que nos persigue y que si no le ponemos freno, puede consumir nuestra energía y nuestra esencia, por eso, he decidido escuchar esas palabras y hacer un cambio consciente en mi vida.
Tomar tiempo diariamente para desconectar no es solo un consejo, es un regalo que me ofrezco a mí misma, un espacio donde puedo ser yo, sin exigencias ni ruidos externos.
Este será mi momento sagrado, un refugio donde podré escucharme, donde cada susurro de mi interior pueda ser escuchado. Me imagino encendiendo una vela, creando un ambiente propicio para la introspección. Un lugar donde el silencio no sea vacío, sino el eco de mis pensamientos y emociones.
Sé que la vida tiene su forma de interrumpirnos, de arrastrarnos en su ritmo frenético. Pero también sé que tenemos el poder de reivindicarnos, de colocar pequeños oasis en medio del caos.
Mientras la semana transcurre, me tomaré esos minutos preciosos, tal vez será con una taza de té caliente en mis manos o simplemente cerrando los ojos y respirando profundamente.
El fin de semana se transformará en un espacio aún más especial.
Ahí, en mi tiempo libre, haré de mis descansos un acto de amor propio, crearé un refugio íntimo donde mis hobbies y placeres sean venerados, un santuario de conexión conmigo misma, será un tiempo para permitirme ser, para reponer mi alma y llenar mi corazón.
Así, reconozco que el verdadero viaje empieza cuando decido prestarme atención. Con cada pequeño paso hacia la calma, me acerco un poco más a la paz que tanto reclama mi cuerpo.

