Mientras la sierra de Gredos se lanza a devorar al sol, nos encontramos en nuestro pueblo, celebrando una fiesta ibicenca, creamos un espacio de alegría en medio de un paisaje antiguo y salvaje. Es una celebración del ser, del ahora y del ayer.
Brindamos por la vida, una acción tan simple pero llena de significado.
Se levantaron copas, mientras las risas resonaban en el aire, cada brindis era un eco de buenos deseos, de la salud que todos queremos tener, de los momentos vividos que se grabaron en nuestras memorias.
Yo recordé antiguos veranos, bailes bajo la luna y muchos secretos lanzados al viento.
Nos rodeaba un paraje que parecía contar historias de tiempos pasados, los canchales, los árboles y la brisa llevaban consigo la esencia de lo ancestral, una conexión profunda con la tierra que nos recordaba que formamos parte de algo mucho más grande, esa sensación de pertenencia nos salva de la rutina, nos devuelva al origen, a la autenticidad de lo que somos.
El sol se ocultaba tras las montañas mientras hacíamos la cuenta atrás,los colores del cielo eran un espectáculo que parecía celebrar junto a nosotros.
Mirando la transición del día a la noche, comprendí que esos instantes son los que realmente importan, en nuestra «Rusia la chica» celebramos no solo la vida, sino la magia de estar juntos, de ser parte de este todo que nos une y nos transforma, sí , es una fiesta ibicenca en Gredos.
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